El No Tuvo Derechos. Y Yo?

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Martes, Abril 10 2018

 

Hace muchos años ya, leí un poema llamado "Él No Tuvo Derechos". Realmente me atravesó el corazón ...

 

Yo crecí en un país maravilloso y libre: un país cuya Carta Constitucional de Derechos y Libertades comienza con estas palabras, "Mientras que Canadá se basa en principios que reconocen la supremacía de Dios y el imperio de la ley ..." - una Carta que posteriormente declara y garantiza las Libertades Fundamentales y los Derechos Democráticos, los Derechos de Movilidad, los Derechos Legales, etc. de todos los ciudadanos canadienses. Estoy agradecida, MUY AGRADECIDA, por esta Carta y por las libertades que fueron y siguen siendo las mías como ciudadana canadiense.

 

Pero, como dije, leí este poema hace muchos años - y ayer, me acordé nuevamente de el. Es un poema que habla de "derechos" también. Pero a un nivel totalmente diferente, y en un ámbito completamente distinto. Este poema sobre "derechos", los derechos de Jesucristo y los derechos nuestros, se ocupa de nuestras libertades y nuestros privilegios desde adentro hacia afuera, de las actitudes y las convicciones de nuestros corazones y nuestras mentes hacia el exterior a nuestra manera de vivir.

 

¿Qué más puedo decir? Cada vez que leo este poema, me confronta, me desafía y me demanda tomar una posición. ¿Voy a reclamar y exigir todos los "derechos" que creo ser los míos en esta vida? ¿O voy a renunciar a ellos a fin de obtener lo que verdaderamente son mis "derechos”?

 

Jim Elliot, uno de cinco misioneros asesinados en 1956 durante su participación en Operación Auca, un intento de evangelizar al pueblo Huaorani de Ecuador, dijo antes de morir: "No es ningún necio el que da lo que no puede guardar para ganar lo que no puede perder."

 

Por lo tanto, ¿qué haré yo? ¿Renunciaré yo también a los "derechos" que no puedo conservar en esta vida con el fin de ganar esos "derechos" que nunca podré perder, ni ahora ni en la eternidad?

 

¿Y qué hay de ti?

 

EL NO TUVO DERECHOS

 

Él no tuvo derechos:

No tuvo derecho a una cama suave, y una mesa bien servida;

No tuvo derecho a un hogar propio, un lugar donde podía buscar Su propio placer;

Ningún derecho de elegir agradables compañeros,

los que podían entenderlo y simpatizar con El;

Ningún derecho de evitar la suciedad y el pecado,

de envolverse en Sus vestidos y escoger caminar por caminos más limpios;

Ningún derecho de ser entendido y apreciado;

no, ni por aquellos sobre quienes Él había derramado una doble porción de Su amor;

Ningún derecho incluso a no ser abandonado por Su Padre,

El que significaba más que todo para Él.

Su único derecho era soportar la vergüenza, los golpes y ser escupido en silencio;

era tomar Su lugar como pecador en el banquillo de los acusados;

soportar mis pecados en angustia en la cruz.

 

Él no tuvo derechos. ¿Y yo?

 

Un derecho a las "comodidades" de la vida?

No, pero esto sí, un derecho al amor de Dios por mi almohada.

Un derecho a la seguridad física?

No, pero el derecho a la seguridad de estar en Su voluntad.

Un derecho al amor y a la compasión de los que me rodean?

No, pero el derecho a la amistad de Aquel que me entiende mejor

de lo que yo me entiendo a mí mismo.

El derecho de ser un líder entre los hombres?

No, pero el derecho a ser llevado por Aquel a quien he dado mi todo,

llevado como un niño pequeño, con su mano en la mano de su padre.

El derecho a un hogar, y seres queridos?

No, no necesariamente; pero el derecho de habitar en el corazón de Dios.

Un derecho a mí mismo? No, pero, oh, yo sí tengo el derecho a Cristo.

 

Todo lo que Él toma, yo lo daré;

Todo lo que Él da, yo lo tomaré;

Él, mi único derecho!

Él, el único derecho delante del Cual

todos los demás derechos desvanecen en la nada.

Yo tengo pleno derecho a Él;

¡Oh, que Él tenga pleno derecho a mí!

 

(escrito por Mabel Williamson –

sacado de su libro HAVE WE NO RIGHTS?

(¿NO TENEMOS DERECHOS?)

publicado en 1957)



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