Escogiendo Uno de Dos Dolores

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Martes, Septiembre 11 del 2018

 

Ayer fue apenas el Día 2, ¡y ya NO lo quería hacer! Sabía que lo debería hacer – sabía que el médico me había dicho que lo tenía que hacer – sabía que me sentiría mejor si lo hiciera. ¡Pero simplemente no lo quería hacer!

 

Acostada en la cama, mirando el cielo de la noche al aclararse, pensé: “Solo 5 minutos más en cama.” Cuando los 5 minutos se acabaron, pensé: “Creo que ya va a llover … Si! Ya estoy escuchando la lluvia. Tocará esperar hasta mañana para hacerlo.” Cuando salió el sol, y no llovió, pensé: “Primero, voy a tener un tiempo de quietud con Dios.”

 

Y así lo hice. E ¡increíblemente! mi pensamiento del día de mi libro devocional decía:

 

“Todos tenemos que sufrir uno de dos dolores:

el dolor de la disciplina o el dolor del remordimiento.

La diferencia radica en que la disciplina pesa onzas

y el remordimiento pesa toneladas.”

(Jim Rohn)

 

Como dije, ¡increíble! ¿Será que Dios me estaba hablando, o qué?

 

Tuve que encararlo de frente: la realidad de la vida aquí en la tierra es que todos los días nuestras vidas están llenas de dolor. Parte de nuestro dolor, aunque definitivamente no todo, es de nuestra elección. Y cuando podemos elegir, la pregunta es: ¿con cuál dolor escogeremos vivir? El dolor de la disciplina, la cual es difícil – y pesa “onzas”? O el dolor del remordimiento, el cual es muchísimo más difícil – y pesa “toneladas”?

 

¡Sí! La disciplina definitivamente es dura. Sin importar si estamos hablando de la disciplina de comer saludablemente, de hacer ejercicio regularmente, de tocar un instrumento, de practicar un deporte, de estudiar la Biblia, de orar, de dar, etc. etc. etc. La disciplina toma tiempo. La disciplina requiere esfuerzo. La disciplina duele. Y la disciplina es tan constante y tan implacable. Si se trataba solamente de un intento único, yo podría armarme de suficiente pasión y fuerzas para hacerlo, y hacerlo y soportarlo bien. Pero es que la disciplina es tan diaria, es tan interminable – y me desgasta y me agota.

 

Ahora: me estoy refiriendo específicamente a mi caminata matutina diaria. El ejercicio que yo sé que necesito por tantos motivos, el ejercicio que el médico me dijo que tenía que hacer para mantenerme con salud, el ejercicio por el cual mi cuerpo me agradece cuando lo hago. Pero ayer apenas fue el Día 2 de mi nueva determinación de caminar todas las mañanas – y ya estaba tratando de posponerlo, esperando que algo sucediera para prevenirlo, pensando en excusas para no hacerlo. Suspiro …

 

Hasta que leí acerca del dolor de la disciplina en comparación al dolor del remordimiento. Una verdad que me dejó pasmada. Porque me di cuenta que me estaba engañando, creyendo que toda una vida podía hacer nada, y nunca iba a sentir ningún dolor – que podía evitar el dolor de la disciplina, y también ignorar el dolor del remordimiento. Oh! ¿cómo podía ser tan insensata? La realidad es que si no me pongo ya a aceptar el dolor de la disciplina: mi ejercicio diario, por ejemplo – temprano o tarde, pero seguramente, estaré viviendo con el dolor del remordimiento: “Si solo hubiese hecho tal y tal cosa, no estaría tan enferma hoy.”

 

Se llama dolor a corto plazo para ganar a largo plazo. Porque siempre habrá dolor. La pregunta es: ¿lo estaré soportando a corto plazo o a largo plazo? ¿lo estaré experimentando ahora en “onzas”, o más adelante por “toneladas”? La elección es mía.

 

Hebreos 12:11 dice:

 

“Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo,

sino de tristeza;

pero después da fruto apacible de justicia

a los que en ella han sido ejercitados.”

 

Y en 1 Corintios 9:24-27, el apóstol Pablo escribió:

 

“Ustedes saben que en una carrera todos corren,

pero solamente uno recibe el premio.

Pues bien,

corran ustedes de tal modo que reciban el premio.

Los que se preparan para competir en un deporte,

evitan todo lo que pueda hacerles daño.

Y esto lo hacen por alcanzar como premio una corona que en seguida se marchita;

en cambio,

nosotros luchamos por recibir un premio que no se marchita.

Yo, por mi parte, no corro a ciegas

ni peleo como si estuviera dando golpes al aire.

Al contrario,

castigo mi cuerpo y lo obligo a obedecerme,

para no quedar yo mismo descalificado después de haber enseñado a otros.”

 

Ayer, terminé mi tiempo de quietud con Dios, y Le agradecí por haber hablado tan directamente a mi vida. Luego, puse mis tenis, y salí a caminar.

 

Y pensé: ¡Qué maravilla que, después de todo, no llovió! 



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